Cosas que todo el mundo sabe.


Caray si seremos pendejos los mexicanos, tanta importancia le tomamos a la opinión de terceros, que basta con que una revista publique lo que le dé la gana, para por ello, poner más atención a lo que se dice, que a lo que somos capaces de percibir. Confiamos tan poco en nuestro juicio, que buscamos la opinión de otros, sólo para confirmar lo que sospechamos: Al país se lo está llevando la chingada y ?lo que es todavía peor?, la culpa es de todos.


Siempre es lo mismo, lo sabe medio mundo, y sin embargo, al momento de levantar la mano y decir yo, todos hacemos como que la Virgen nos habla y callamos o cambiamos de tema, por aquello de que hacer corajes produce indigestión, al final, somos perfectamente capaces de tolerar cualquier cosa aunque no estemos ni remotamente de acuerdo, disque por llevar la fiesta en paz. Y pero hoy ya ni a eso llegamos. La realidad de negarlo todo, sin atender absolutamente nada, nos está pasando factura.


El saldo no podría ser más crudo, creciente agitación social, un aparato económico desarticulado, violencia generalizada, hartazgo, disgusto con las instituciones, pobreza y exclusión, todo al ritmo trepidante de una élite encerrada en sí misma y cuyos canales de representación se encuentran agotados. México es hoy, el país de nadie. Porque literalmente, cada quien tiene el país que se puede pagar. El Estado no funciona de forma regular, e incluso en donde lo hace, su alcance es pobre y muy poco productivo.


Cuando lo pienso, viene a mí una pregunta difícil de ignorar: ¿En qué momento pasamos de ser una potencia emergente con fuerte presencia regional, a ser un país cuya estabilidad estructural se encuentra por demás comprometida, ante los efectos de un clima nacional, que lo mismo pierde piso frente al problema del narcotráfico, que ante la fragilidad de su economía, o la ausencia de opciones claras para la implementación de políticas que corrijan los escollos de un andamiaje institucional obsoleto?


Siempre he escuchado aquello de que la cosa, es resultado de ser un pueblo sin memoria, que olvida pronto, pero estoy convencido que nuestro problema, no está en lo mal que recordamos, sino en la falta de voluntad y compromiso para aprender a mirar más allá del beneficio personal. Nunca hemos sabido hacer equipo, tampoco entendemos lo que significa cumplir nuestra palabra. Hace tiempo olvidamos, que la solución de todos nuestros males, exige escuchar todas las voces por igual.


Cosa que hace mucho no hacemos, antes bien, seguimos cómodamente instalados en el pasado, creyendo que se puede gobernar, sin vocación democrática, ignorando sus consecuencias. Agazapados para conservar lo que queda de ese viejo sistema político, autoritario y paternalísta, del que siempre nos quejamos y poco hacemos por erradicar completamente. Apenas damos un paso adelante, cuando más pronto de lo que imaginamos, buscamos el modo de volver a los entrampamientos que durante mucho tiempo han hecho imposible la construcción de una sociedad más equilibrada.


Nos parecemos tanto a las víctimas de maltrato, que ante la perspectiva del cambio, son capaces de suponer, que no todo ha sido tan malo después de todo, y que vale la pena seguir insistiendo en las mismas estrategias de toda la vida, como si por hacerlo fuésemos a obtener resultados diferentes. Cuando lo cierto es que nuestra falta de palabra, tiene efectos sobre el compromiso que se muestra para hacer lo que a cada quien le toca, por mucho más allá de las obligaciones propias, en el cumplir con todo aquello en lo que decimos creer. Lo que afecta la confianza que tenemos sobre nuestras instituciones y todo lo que tiene que ver con la calidad de nuestra vida pública.


Si bien nos decimos democráticos, ?lo mismo da si es de izquierda, derecha o centro, lo que sea que todo eso signifique, porque la verdad es que en todos lados nadie conoce más que su propio beneficio?. La realidad es que nos importa un pepino, quién llegue a gobernar, seguimos creyendo que quien lo haga debe y de hecho habrá de tener todo el poder, olvidando que quien lo tiene, difícilmente hallará motivos para actuar a través de las instituciones y mucho menos a favor de todos. Al tiempo que somos perfectamente tolerantes con los que en la búsqueda de su propio provecho, prometen lo que sea por gobernar, aun si lo que ofrecen es un total disparate, porque en lo secreto, estamos convencidos que un día nos tocará gozar los beneficios de abusar del patrimonio público. Lo que hace de tolerar el abuso de autoridad, una estrategia perfectamente lógica y plausible.


Así somos, qué se le va hacer ?dicen los más cínicos. Y no les falta razón, así nos educó el sistema revolucionario, así le convenía que pensáramos a la élite que por décadas nos gobernó. El problema es que no hemos entendido lo mucho que las cosas cambian. Somos sin darnos cuenta, una sociedad muy conservadora, dentro de la cual lo de menos es buscar o generar soluciones, vivimos continuamente resistiéndonos a los cambios. Dejando nuestro porvenir a la suerte de cualquiera con la ambición de hacer lo que le dé la gana.


Tan eficiente fue el aprendizaje establecido por el viejo régimen, que con el correr de los años incluso sus cúpulas dirigentes originarias serían desplazadas por una versión tecnocrática, más refinada y sofisticada de sí mismas, educada en su mayoría en el extranjero y con perspectivas en apariencia ajenas a las de sus predecesores. Pero en el fondo, con la misma vocación por torcer instituciones de estos, que más pronto de lo que creíamos, vimos cómo pese al cambio de dirigencias, la vieja lógica del beneficio personal prevalecía. Tal como solían decir los abuelos: Cría cuervos y te sacaran los ojos.


Lo que me recuerda una idea que le escuché a un maestro de Sistema Político Mexicano, allá por 2003, cuando era estudiante universitario: Cualquier cambio político, exige forzosamente un cambio de ideas; los cambios sociales de cualquier tipo, son necesariamente también mentales. Jamás será posible ir en pos de resultados diferentes, si seguimos creyendo lo mismo que toda la vida hemos creído, que las cosas son así y que no existe modo de cambiarlas. Sin duda que el caso de nuestro país, no hace otra cosa que confirmar lo que ya decían algunos ideólogos políticos a principios del siglo pasado, repetir muchas veces una mentira, termina convirtiéndola en verdad.


En todo caso, la cosa es resolver si realmente buscamos un cambio, estando dispuestos a asumir todas las consecuencias que esto conlleva, como por ejemplo, a deshacernos de lastres como el sindicalismo gansteril de personajes como Carlos Romero Deschamps, Napoleón Gómez Urrutia o Víctor Flores Morales; a fincar responsabilidades penales a quienes como Andrés Granier y Raúl Salinas de Gortari y muchos más, se enriquecen de forma inexplicable ?aún si después se les exonera y hasta libera?; separar del cargo a todos aquellos funcionarios que como Enrique Peña Nieto o Luis Videgaray presentan conflictos de interés que ponen en duda su desempeño en el cargo. O por el contrario, como todo parece indicar, no estaremos jugándole al ensarapado con aquello de querer un modo más decente de vivir.


¿Qué por qué lo digo de este modo? No ponerle a la crítica ni nombre ni apellido, es caer en esa versión simplista de la realidad en que la maldad del ser humano es ?en abstracto? responsable de todo lo malo que nos sucede. La idea detrás es muy simple como que, el mundo funciona mal porque hay circunstancias generalizadas que conducen a la perversidad, cosa que desde luego, no ayuda en lo absoluto a desenmarañar la madeja de nuestras miserias, ni mucho menos a solucionarlas. Me pregunto: ¿Qué tanto será capaz de resistir nuestra complacencia e indiferencia, hasta el día que el hartazgo de los que ya no tienen nada que perder estalle?